Estoy viendo la regadera, el techo y el foco. La regadera está llena de sarro y con algunos orificios tapados que impiden que salgan bien el agua. El techo con su color azul, un azul opaco y horrible. El foco es transparente; pero, está muy sucio, pues tiene polvo acumulado de bastante tiempo y un sin fin de defecaciones de moscas. Es la primera vez que lo noto y la razón es porque estoy acostado en el suelo del baño; aclaro no tengo tina de baño.
El agua tibia sigue cayendo sobre mí, la luz que atraviesa la ventana ilumina bien, quien me viera pensaría que estoy loco, eso importa poco. Me siento tan a gusto de estar acostado; y no es cómodo, ciertamente, bañarse acostado; mas, estar a gusto es lo que me interesa en este instante.
Miro hacia los lados, descubro nuevas figuras y más que descubrir es verlas de manera diferente como el bote de ropa sucia que observo de abajo hacia arriba y no como de costumbre de arriba para abajo. Así hacemos también con las personas, siempre las miramos de arriba para abajo y no de forma inversa.
En este momento, me estoy lavando mis brazos, mis manos y no puedo creer que terminen de manera tan brusca, en esas ramificaciones; parece que les faltan hojas, sigo enjabonándome y siento cada parte de mi cuerpo, las piernas, el pecho, el rostro, etcétera, y pensar que todas estas partes soy yo, y son mías...
El problema de bañarse de esta forma es que después de terminar tiene uno que ponerse de pie. En el primer intento de pararme, mi cuerpo no responde, me parece que así les acontece a los que mueren, cuando cada parte del cuerpo al no responder o ser incapaz de realizar la orden dada hacen que el cuerpo sea un desorden, y el aliento de vida ante la rebeldía o la incompetencia se retira, y al pensamiento no le queda otra cosa que retirarse hacia el aniquilamiento, y todo aquel orden y unión que hacía ser al fulano ya no están. Por tanto, él desaparece y empieza a formar parte de otra unión que ya no es él, sólo materia y nada más.
Él existirá como término de una unión que se dio y que ya no está, que desaparece y que no existirá; y en el caso de que volviera a existir el que fue, la realidad se convertiría en un círculo vicioso, pues se ocuparían las mismas causas o acontecimientos para volver a ser el mismo; ser una unión significa tomar o reunir elementos de alguna parte...
Bueno, ya estoy de pie, ahora a secarme. ¿Cómo es que hago tantas cosas en un solo regaderazo?. Sólo faltó que cantara. Paso a mi recámara y me visto con un estilo formal, todo esto lo hago con calma; siempre busco hacer algunas cosas que me liberen de una rutina que busca apresarme y que hay veces en que parece que me tiene.
En las mañanas siempre voy a correr; me ayuda para tener una condición física aceptable y una buena figura; pero, desde hace tiempo no lo hago para quemar los excesos calóricos. Por algo que hasta el momento no entiendo, ni me explico, aunque me ha resultado provechoso, pues me deja tiempo libre para leer algunas revistas, el periódico o algún libro. Además hace que me sobre buena cantidad de dinero que a veces canalizo al ahorro, ropa u otras tantas cosas, y todo esto sólo por no comer. ¡Sorprendente! ¿no?. Y más de alguno se preguntará: ¿Es posible?. Si a mí me lo contaran lo negaría; pero el hecho me sucede y la verdad, insisto, no sé cómo, en cierto momento empecé a dejar de comer, y ya va para seis años, y yo tan tranquilo y sin molestias.
Al principio no me di cuenta. En esos días se retiraron un compañero y una amiga, también compañera, a los que les ofrecieron un trabajo mejor y un salario superior al que tenían y otras ventajas. Mas el trabajo que ellos dejaron tuve que tomarlo de manera provisional, esto me cayó como una gran bloque, si bien me mandaron un suplente, mientras tomaba su ritmo, tuve que hacerme cargo de todo y ubicarlo.
Así empecé a mal pasarme; comía a deshoras y cualquier bocado para todo el día. Hubo un punto en que olvidé alimentarme: Ordené mis deberes, abusos de mis jefes y del sistema de trabajo. En momentos, parecía vislumbrar que no había comido ni tomado nada; pero, con lo saturado del trabajo y lo absurdo de la idea, dejaba la inquietud.
Mas, cuando se cubrieron las plazas vacantes, disminuyó el trabajo y al seguir el orden que tenía, vi que no comía; me pareció imposible, descubrí que sí era real tan extraña idea. Lo que me convenció fue cuando llegué al departamento, donde tenía mi comida, pues no me gustan los alimentos de aquí, del trabajo. Todo aquello era un abandono.
En el pequeño refrigerador, todas las cosas perecederas no servían para nada, gelatinas secas, tortillas llenas de hongos, frutas y verduras descompuestas, la hielera estaba saturada de escarcha; el aroma fue espantoso.
Cerré el refrigerador de manera instintiva. En la despensa, muchas cosas habían caducado. En ese momento, me preocupé y fui a hacerme un examen médico con las compañeras y compañeros de análisis, sin informar el verdadero porqué, sino que inventé algo.
Me dijeron que mejor no podía estar. ¿Qué pasó?. No sé, y aquí estoy, tranquilo y aprovechando los beneficios de esto, aclaro, puedo comer o tomar; pero, esto es opcional.
Salgo, reviso el automóvil, lo enciendo, lo dejo calentar, me espero un poco y me retiro. Es increíble que hoy tenga que usar vehículo. Recuerdo que de niño recorría la ciudad caminando. ¡Cómo pasa el tiempo!. Llego con buen tiempo, me estaciono, saco mis cosas y me pregunto: ¿Qué estará haciendo Blanca?
Paso a firmar la lista de asistencia, luego a la torre de especialidades. Reviso los expedientes y cómo se ha tratado cada caso. Veo a mis pacientes, hago las curaciones dentro de mis posibilidades; lo demás lo hacen las enfermeras; pero, siempre al pendiente. Pido consejo a mis compañeros, cuestiono por qué esto o aquello, lo que conviene más, repaso mis apuntes y libros sobre tal trauma o enfermedad a aliviar, también investigo otras cosas que me sirven en el desempeño de mi profesión.
Si tengo más dedicación que mis demás compañeros, es porque una vez aconteció que un paciente entró en estado crítico a causa de una infección; por mi descuido y el de la enfermera que entendió mal las indicaciones, cerca estuvo de la muerte, pero no pasó a mayores; desde entonces, mejoré mi letra, veo el proceso de los pacientes de forma más consciente, explico a la enfermera lo que quiero que haga, además de dejar las indicaciones escritas.
Voy hacer las historias clínicas de mis pacientes y saco unas plumas de mi portafolio, al sacarlas encuentro una hoja que transcribo:
“Desde la torre yo era capaz de mirar gran parte de la ciudad y del paisaje, en mi interior se encontraba el deseo de que el mirar de la ciudad se convirtiera en un poder de dominio sobre ella. ¿Para qué?. No sé, quizá solamente para cumplir mis antojos, para soltar mi bestia en contra de cualquier persona que se me atravesara, sin tener nada que respetar, edad, sexo, creencia. Llegar a tal atrevimiento de destruir mi libertad en un libertinaje, llegando al colmo de vaciarme, vaciarme de todo, alcanzando al máximo el nivel del absurdo, sentir que el agua no quita la sed, la negación, la muerte. Y así en el vacío, en la nada lanzarme hasta el punto contrario, estallar y no contenerme y de nadar en lo infinito”.
¿Qué estado de ánimo tendría cuando lo escribí?. Sólo recuerdo que estaba con L. y le pedí una hoja, para expresar en parte lo que sentía. Es más, ella le sacó una copia al texto. Mientras pienso en el estado de ánimo que tendría, pasa M. y me saluda:
—Hola, mandril protogenérico de la tercera generación espontánea, cómo te la estás pasando sin mi generosa ayuda y participación hierofánica en tu metafísico y abstracto banco filosofal.
—Pues, bien, clonación en lata de cerveza. Qué te trae por acá, acaso una circuncisión con motosierra.
—Aquí, bien Félix. Venía a recordarte que nos vemos en el café.
—Por supuesto, ahí nos vemos. Pero, primero paso por Blanca.
—Entonces, allá nos vemos, adiós.
—Muy bien.
Ya es la hora de salir, esto es tan importante como la hora de llegada. Salgo, reviso tranquilamente el carro, lo enciendo y me retiro del estacionamiento. Ahora, por Blanca.
Al llegar veo que está sentada en una jardinera bajo la sombra de un gran árbol. Está leyendo un libro. Se levanta, voy a su encuentro, nos abrazamos y ella me da un beso, digo me da un beso porque yo sólo lo recibo. Quien nos vea puede decir que nos damos un beso; pero, no. ¿Por qué?. No sé, sólo lo sé.
Abro la puerta, ella se sienta, al sentarse veo esa pantorrilla muy bien delineada. Recuerdo que una vez fuimos al teatro a escuchar una obra de Beethoven. Ella tenía las piernas cruzadas y contemplé sus piernas un momento y le dije:
—Tengo una propuesta que hacerte.
—¿Cuál?
—Que si me dejas tomar una fotografía a tus pantorrillas y pies.
—Ja, ja, lo bueno que es una propuesta.
Seguimos escuchando el concierto; sin embargo, yo deseaba esa fotografía, no por la toma, sino por tener algo de ella, pues tenía poco tiempo de conocerla, me imaginaba con la imagen en mis manos, mirando aquella pieza como un niño que no comparte lo que tiene, y que se esconde para disfrutarlo. Así yo me quería encontrar....
—¿En qué estás pensando?
—En que estás a mi lado. No te he preguntado cómo te fue.
Empezó comentándome de unos cursos de capacitación, sobre la posibilidad de un ascenso y demás cosas del trabajo.
Llegamos ya cuando la plática estaba en un buen nivel y el café en las tazas llegaba al final.
—Pensamos que no iban a llegar.
—Pues, aquí estamos. De qué están platicando para entrar en contexto.
—Decíamos que debemos superarnos y estábamos dando nuestra teoría —comentó R. y continuó—. Yo digo que hay que trascenderse, siempre ir más allá, es como subir una montaña donde tienes que estar superando todos los obstáculos y llegando a la cima continuar con el cielo y así hasta el infinito. Superar cada cosa, buscar vencer siempre los límites.
—Nosotros somos un centro de círculos concéntricos —dijo M.— en el cual somos como piedra que cae en el agua donde uno y sus actos tienen una fuerza que repercute en los demás; y los de los demás también influyen en uno. Estos círculos continúan a veces ya sin centro.
—Yo comento —dijo A.— de una expansión, tomando como ejemplo el universo, donde uno trata de cubrir el mayor espacio donde uno está.
—¡Válgame! Me va a costar trabajo ponerme en el nivel de ustedes —dije.
—–Mesero —–habló Blanca—, me da un café igual que ellos, para alcanzarlos.
—¿De qué más comentaron?.
—También estuvimos hablando de la muerte —intervino M.— de cómo la podemos poner junto con este trascender o expansión.
—Yo decía —comenta P. con aire reflexivo— que es difícil, pues hasta el momento no he visto a alguien que muera con la satisfacción de haberse superado, sino que la muerte parece el sarcasmo de lo cotidiano, la burla a lo formal, es como una mano que abofetea una y otra vez, a un hombre que recibe aquella humillación y en donde lo único que puede hacer es gritar, blasfemar, llorar; pero, nunca levantar la mano en señal de rebeldía. Eso no es hermoso, ni trascendente.
—Eso me recuerda —dije— a la fábula de Pedro y el Lobo, con algunos retoques de mi cosecha.
P. tocó un punto importante. La muerte no es hermosa, la burla, el ridículo, ese sarcasmo y lo cruel que se ve uno ante semejante situación me hace cambiar la fábula en su contenido.
Pedro, después de analizar su situación descubre que un día nadie lo salvará de las garras del lobo y que todos los esfuerzos que haga serán vanos. Un día su rostro se desencajará por el miedo, mostrando que es un cobarde, impotente y limitado.
Y su temor es mayor a esto y a la chusma, que al lobo. Un día se decide y grita: “¡El lobo, el lobo!”. Entonces la gente empieza a llegar; primero son los curiosos y morbosos para no perderse nada de lo que pudiera acontecer, y segundo son uno que otro a ayudar.
Sin embargo, los curiosos al ver que es una burla, y que sólo hicieron el ridículo se regresan con su ego y orgullo herido, y aquellos que venían a ayudar se molestan; mas, quedan tranquilos al ver que no tuvieron que arriesgarse.
Pedro, después de un tiempo, ustedes pongan el tiempo que quieran, vuelve a gritar: “¡El lobo, el lobo!”, y otra vez la misma historia; ahora, los primeros con odio y con deseo que el destino lo castigue por semejante ofensa, y los segundos que van a ayudar llegan, ven y se van, entienden el juego y ya no vuelven, mientras los primeros se quedan maldiciendo, lanzando profecías lógicas, para si aciertan, sentirse profetas divinos.
Pedro se burla de ellos y su risa es una invitación a que se larguen, después sigue gritando, hasta que ninguno vuelve aparecer, y entonces...
—¡Ahora aparece el lobo! —dicen algunos.
—Exacto, aparece el lobo en escena y arremete con todo contra Pedro. Éste empieza a gritar, se desencaja la serenidad de su rostro, sus ojos salen de sus órbitas, se ensucia en sus ropas; ya nadie aparece, ya nadie pone atención. Después la gente se entera de la muerte de éste. Los chismosos quieren estar felices de que recibió el castigo por herir su orgullo, mas esto no lo comentan; sin embargo, su curiosidad y morbo no quedaron satisfechos y empiezan a arremeter contra el difunto, que no les dio gusto a su maldad: que sí corrió y no pudo escapar, que posiblemente estaba dormido cuando lo sorprendió la bestia, y demás chismes. Lo cierto es que Pedro venció a éstos. Los segundos no entran en la competencia y sólo dicen: “No lo pude ayudar, así lo quiso y que Dios lo tenga en su reino”. Los otros quisieran que se pudriera en los infiernos.
—Mira, y tú que decías que “¿Cómo nos ibas alcanzar?” y ya nos estás rebasando —comentó R.
Dentro de este diálogo, tomé mi bebida como algo nuevo, pues ya tenía tres días que no había probado bocado o gustado de algo. Es agradable y sublime gozar algo sin la terrible necesidad.
Continuamos platicando, sobre la inmortalidad del grillo, de cómo orina el sapo, quimeras del acontecer cotidiano, chistes de diferente nivel, unos muy inocentes, otros muy ingeniosos, otros estúpidos (que nos causaban risa por el ingenio entre líneas), sobre las instituciones y sus injusticias, de los héroes o mártires que permanecerán en el anonimato, de los reformadores que en su mayoría son sólo recopiladores de una multitud de reformadores, y así también los filósofos que son simples voceros de sus compañeros, de su sociedad con la cual conviven desde su infancia y por eso comentamos que es difícil decir cuánto por ciento de originalidad le corresponde, por más subjetivista e individualista que se predique; continuamos diciendo disparates y una que otra cosa acertada, disfrutando como quien lee un libro. Pedimos la cuenta al mesero, hacemos la respectiva cooperación, y como habíamos llegado, nos retiramos.
Al llegar a casa, Blanca prepara su cena y yo paso a bañarme; al salir paso a la recámara. Blanca tiene puesta su bata y pasa a bañarse. Al salir del cuarto me da un golpecito en la mejilla con su mano, me fascinan sus detalles.
Me encuentro en la cama ya con mi pijama y continúo mi lectura.
Después de un momento de lectura, entra ella a la recámara, entra con una sutil sonrisa seductora. No presté más atención, y seguí con mi lectura. En eso, se sube en mi vientre, toma mi libro, lo pone en el buró.
Era un gigante sobre mí, algo monumental, me encontraba indefenso, a su merced, me atacaba con su risa y yo me defendía de la misma manera.
Buscaba escaparme; pero, tenía ella la ventaja sobre mí, conocía mi debilidad, era una presa segura, sin escapatoria. Ésa, la presa correcta para la cazadora correcta, si hubiera sido otra persona, hubiera escapado; pero, no era así, jugaba con su víctima. Me hacía sufrir de placer, eran torrentes que no podía asimilar lo cual aumentaba mi desesperación al no poder contener ese caudal.
Empieza a besarme, no muestro mucho interés, como indiferente, por dentro yo temblaba, era terriblemente apasionante. Ella lo sabía. Si supiera cómo defenderme pues, para mí ella es un misterio, alguien inagotable.
Cada momento juntos era una nueva experiencia, yo para ella era algo transparente, podía ver a través de mí. Empecé a acariciar su pelo con suavidad, sabíamos que era el comienzo de una tormenta o de un diluvio.
Se acercó con sus sonidos suaves en mis oídos, en donde una palabra habría espantado todos los supuestos. Con su actuar hace que mis sentidos sean más sensibles y descubro el aroma de su pelo, el exquisito sabor de su piel, su calor. Con mis manos recorría las partes de su cuerpo que no alcanzaba a cubrir con el mío. Me embriagaba de gozo; ella lo sabía y me deba torrentes; pero, no una totalidad.
Era curioso. Parecía que se entregaba toda, no era así. Cuidaba siempre de mí, no por egoísmo, sino porque me quiere; es más, me ama, yo la quiero y me gustaría decir que la amo.
Era horrible, espantoso. Una pesadilla me acaba de despertar, lleno de angustia en mi dormir, mi rostro suda grandes y espesas gotas, el aire lo siento sofocante, por más que trato de respirar más rápido el aire no me llena, siento que estoy destruido, acabado, imposibilitado para existir.
No recuerdo todos los detalles de la pesadilla que turbó mi sueño, de lo poco que logro recordar es que luchaba por hacer algo, ya fuera una casa, ya un escrito. Todo de mis manos se esfumaba, como arena o agua que se escapa sin poder detener algo. Trataba de abrazar a una mujer con un amor enorme; pero, al momento de poner mis brazos sobre ella, y antes de sentir su cuerpo y calor se convertía en ceniza. Había en mí una inquietud de mostrar algo a los demás; pero, al hacerlo todo se destruía, me sentía como el rey Midas que su avaricia fue la causa de su muerte. Para mí, mi trascendencia era mi muerte, porque al tratar de hacer algo que dejara todo, al dar yo la vuelta se desplomaba.
Vi a quienes crecían como árboles que daban frutos y luego también estos frutos crecían y se morían. En realidad, nacían y morían sin llegar a tener otro cambio, simplemente no pensaban.
El agua tibia sigue cayendo sobre mí, la luz que atraviesa la ventana ilumina bien, quien me viera pensaría que estoy loco, eso importa poco. Me siento tan a gusto de estar acostado; y no es cómodo, ciertamente, bañarse acostado; mas, estar a gusto es lo que me interesa en este instante.
Miro hacia los lados, descubro nuevas figuras y más que descubrir es verlas de manera diferente como el bote de ropa sucia que observo de abajo hacia arriba y no como de costumbre de arriba para abajo. Así hacemos también con las personas, siempre las miramos de arriba para abajo y no de forma inversa.
En este momento, me estoy lavando mis brazos, mis manos y no puedo creer que terminen de manera tan brusca, en esas ramificaciones; parece que les faltan hojas, sigo enjabonándome y siento cada parte de mi cuerpo, las piernas, el pecho, el rostro, etcétera, y pensar que todas estas partes soy yo, y son mías...
El problema de bañarse de esta forma es que después de terminar tiene uno que ponerse de pie. En el primer intento de pararme, mi cuerpo no responde, me parece que así les acontece a los que mueren, cuando cada parte del cuerpo al no responder o ser incapaz de realizar la orden dada hacen que el cuerpo sea un desorden, y el aliento de vida ante la rebeldía o la incompetencia se retira, y al pensamiento no le queda otra cosa que retirarse hacia el aniquilamiento, y todo aquel orden y unión que hacía ser al fulano ya no están. Por tanto, él desaparece y empieza a formar parte de otra unión que ya no es él, sólo materia y nada más.
Él existirá como término de una unión que se dio y que ya no está, que desaparece y que no existirá; y en el caso de que volviera a existir el que fue, la realidad se convertiría en un círculo vicioso, pues se ocuparían las mismas causas o acontecimientos para volver a ser el mismo; ser una unión significa tomar o reunir elementos de alguna parte...
Bueno, ya estoy de pie, ahora a secarme. ¿Cómo es que hago tantas cosas en un solo regaderazo?. Sólo faltó que cantara. Paso a mi recámara y me visto con un estilo formal, todo esto lo hago con calma; siempre busco hacer algunas cosas que me liberen de una rutina que busca apresarme y que hay veces en que parece que me tiene.
En las mañanas siempre voy a correr; me ayuda para tener una condición física aceptable y una buena figura; pero, desde hace tiempo no lo hago para quemar los excesos calóricos. Por algo que hasta el momento no entiendo, ni me explico, aunque me ha resultado provechoso, pues me deja tiempo libre para leer algunas revistas, el periódico o algún libro. Además hace que me sobre buena cantidad de dinero que a veces canalizo al ahorro, ropa u otras tantas cosas, y todo esto sólo por no comer. ¡Sorprendente! ¿no?. Y más de alguno se preguntará: ¿Es posible?. Si a mí me lo contaran lo negaría; pero el hecho me sucede y la verdad, insisto, no sé cómo, en cierto momento empecé a dejar de comer, y ya va para seis años, y yo tan tranquilo y sin molestias.
Al principio no me di cuenta. En esos días se retiraron un compañero y una amiga, también compañera, a los que les ofrecieron un trabajo mejor y un salario superior al que tenían y otras ventajas. Mas el trabajo que ellos dejaron tuve que tomarlo de manera provisional, esto me cayó como una gran bloque, si bien me mandaron un suplente, mientras tomaba su ritmo, tuve que hacerme cargo de todo y ubicarlo.
Así empecé a mal pasarme; comía a deshoras y cualquier bocado para todo el día. Hubo un punto en que olvidé alimentarme: Ordené mis deberes, abusos de mis jefes y del sistema de trabajo. En momentos, parecía vislumbrar que no había comido ni tomado nada; pero, con lo saturado del trabajo y lo absurdo de la idea, dejaba la inquietud.
Mas, cuando se cubrieron las plazas vacantes, disminuyó el trabajo y al seguir el orden que tenía, vi que no comía; me pareció imposible, descubrí que sí era real tan extraña idea. Lo que me convenció fue cuando llegué al departamento, donde tenía mi comida, pues no me gustan los alimentos de aquí, del trabajo. Todo aquello era un abandono.
En el pequeño refrigerador, todas las cosas perecederas no servían para nada, gelatinas secas, tortillas llenas de hongos, frutas y verduras descompuestas, la hielera estaba saturada de escarcha; el aroma fue espantoso.
Cerré el refrigerador de manera instintiva. En la despensa, muchas cosas habían caducado. En ese momento, me preocupé y fui a hacerme un examen médico con las compañeras y compañeros de análisis, sin informar el verdadero porqué, sino que inventé algo.
Me dijeron que mejor no podía estar. ¿Qué pasó?. No sé, y aquí estoy, tranquilo y aprovechando los beneficios de esto, aclaro, puedo comer o tomar; pero, esto es opcional.
Salgo, reviso el automóvil, lo enciendo, lo dejo calentar, me espero un poco y me retiro. Es increíble que hoy tenga que usar vehículo. Recuerdo que de niño recorría la ciudad caminando. ¡Cómo pasa el tiempo!. Llego con buen tiempo, me estaciono, saco mis cosas y me pregunto: ¿Qué estará haciendo Blanca?
Paso a firmar la lista de asistencia, luego a la torre de especialidades. Reviso los expedientes y cómo se ha tratado cada caso. Veo a mis pacientes, hago las curaciones dentro de mis posibilidades; lo demás lo hacen las enfermeras; pero, siempre al pendiente. Pido consejo a mis compañeros, cuestiono por qué esto o aquello, lo que conviene más, repaso mis apuntes y libros sobre tal trauma o enfermedad a aliviar, también investigo otras cosas que me sirven en el desempeño de mi profesión.
Si tengo más dedicación que mis demás compañeros, es porque una vez aconteció que un paciente entró en estado crítico a causa de una infección; por mi descuido y el de la enfermera que entendió mal las indicaciones, cerca estuvo de la muerte, pero no pasó a mayores; desde entonces, mejoré mi letra, veo el proceso de los pacientes de forma más consciente, explico a la enfermera lo que quiero que haga, además de dejar las indicaciones escritas.
Voy hacer las historias clínicas de mis pacientes y saco unas plumas de mi portafolio, al sacarlas encuentro una hoja que transcribo:
“Desde la torre yo era capaz de mirar gran parte de la ciudad y del paisaje, en mi interior se encontraba el deseo de que el mirar de la ciudad se convirtiera en un poder de dominio sobre ella. ¿Para qué?. No sé, quizá solamente para cumplir mis antojos, para soltar mi bestia en contra de cualquier persona que se me atravesara, sin tener nada que respetar, edad, sexo, creencia. Llegar a tal atrevimiento de destruir mi libertad en un libertinaje, llegando al colmo de vaciarme, vaciarme de todo, alcanzando al máximo el nivel del absurdo, sentir que el agua no quita la sed, la negación, la muerte. Y así en el vacío, en la nada lanzarme hasta el punto contrario, estallar y no contenerme y de nadar en lo infinito”.
¿Qué estado de ánimo tendría cuando lo escribí?. Sólo recuerdo que estaba con L. y le pedí una hoja, para expresar en parte lo que sentía. Es más, ella le sacó una copia al texto. Mientras pienso en el estado de ánimo que tendría, pasa M. y me saluda:
—Hola, mandril protogenérico de la tercera generación espontánea, cómo te la estás pasando sin mi generosa ayuda y participación hierofánica en tu metafísico y abstracto banco filosofal.
—Pues, bien, clonación en lata de cerveza. Qué te trae por acá, acaso una circuncisión con motosierra.
—Aquí, bien Félix. Venía a recordarte que nos vemos en el café.
—Por supuesto, ahí nos vemos. Pero, primero paso por Blanca.
—Entonces, allá nos vemos, adiós.
—Muy bien.
Ya es la hora de salir, esto es tan importante como la hora de llegada. Salgo, reviso tranquilamente el carro, lo enciendo y me retiro del estacionamiento. Ahora, por Blanca.
Al llegar veo que está sentada en una jardinera bajo la sombra de un gran árbol. Está leyendo un libro. Se levanta, voy a su encuentro, nos abrazamos y ella me da un beso, digo me da un beso porque yo sólo lo recibo. Quien nos vea puede decir que nos damos un beso; pero, no. ¿Por qué?. No sé, sólo lo sé.
Abro la puerta, ella se sienta, al sentarse veo esa pantorrilla muy bien delineada. Recuerdo que una vez fuimos al teatro a escuchar una obra de Beethoven. Ella tenía las piernas cruzadas y contemplé sus piernas un momento y le dije:
—Tengo una propuesta que hacerte.
—¿Cuál?
—Que si me dejas tomar una fotografía a tus pantorrillas y pies.
—Ja, ja, lo bueno que es una propuesta.
Seguimos escuchando el concierto; sin embargo, yo deseaba esa fotografía, no por la toma, sino por tener algo de ella, pues tenía poco tiempo de conocerla, me imaginaba con la imagen en mis manos, mirando aquella pieza como un niño que no comparte lo que tiene, y que se esconde para disfrutarlo. Así yo me quería encontrar....
—¿En qué estás pensando?
—En que estás a mi lado. No te he preguntado cómo te fue.
Empezó comentándome de unos cursos de capacitación, sobre la posibilidad de un ascenso y demás cosas del trabajo.
Llegamos ya cuando la plática estaba en un buen nivel y el café en las tazas llegaba al final.
—Pensamos que no iban a llegar.
—Pues, aquí estamos. De qué están platicando para entrar en contexto.
—Decíamos que debemos superarnos y estábamos dando nuestra teoría —comentó R. y continuó—. Yo digo que hay que trascenderse, siempre ir más allá, es como subir una montaña donde tienes que estar superando todos los obstáculos y llegando a la cima continuar con el cielo y así hasta el infinito. Superar cada cosa, buscar vencer siempre los límites.
—Nosotros somos un centro de círculos concéntricos —dijo M.— en el cual somos como piedra que cae en el agua donde uno y sus actos tienen una fuerza que repercute en los demás; y los de los demás también influyen en uno. Estos círculos continúan a veces ya sin centro.
—Yo comento —dijo A.— de una expansión, tomando como ejemplo el universo, donde uno trata de cubrir el mayor espacio donde uno está.
—¡Válgame! Me va a costar trabajo ponerme en el nivel de ustedes —dije.
—–Mesero —–habló Blanca—, me da un café igual que ellos, para alcanzarlos.
—¿De qué más comentaron?.
—También estuvimos hablando de la muerte —intervino M.— de cómo la podemos poner junto con este trascender o expansión.
—Yo decía —comenta P. con aire reflexivo— que es difícil, pues hasta el momento no he visto a alguien que muera con la satisfacción de haberse superado, sino que la muerte parece el sarcasmo de lo cotidiano, la burla a lo formal, es como una mano que abofetea una y otra vez, a un hombre que recibe aquella humillación y en donde lo único que puede hacer es gritar, blasfemar, llorar; pero, nunca levantar la mano en señal de rebeldía. Eso no es hermoso, ni trascendente.
—Eso me recuerda —dije— a la fábula de Pedro y el Lobo, con algunos retoques de mi cosecha.
P. tocó un punto importante. La muerte no es hermosa, la burla, el ridículo, ese sarcasmo y lo cruel que se ve uno ante semejante situación me hace cambiar la fábula en su contenido.
Pedro, después de analizar su situación descubre que un día nadie lo salvará de las garras del lobo y que todos los esfuerzos que haga serán vanos. Un día su rostro se desencajará por el miedo, mostrando que es un cobarde, impotente y limitado.
Y su temor es mayor a esto y a la chusma, que al lobo. Un día se decide y grita: “¡El lobo, el lobo!”. Entonces la gente empieza a llegar; primero son los curiosos y morbosos para no perderse nada de lo que pudiera acontecer, y segundo son uno que otro a ayudar.
Sin embargo, los curiosos al ver que es una burla, y que sólo hicieron el ridículo se regresan con su ego y orgullo herido, y aquellos que venían a ayudar se molestan; mas, quedan tranquilos al ver que no tuvieron que arriesgarse.
Pedro, después de un tiempo, ustedes pongan el tiempo que quieran, vuelve a gritar: “¡El lobo, el lobo!”, y otra vez la misma historia; ahora, los primeros con odio y con deseo que el destino lo castigue por semejante ofensa, y los segundos que van a ayudar llegan, ven y se van, entienden el juego y ya no vuelven, mientras los primeros se quedan maldiciendo, lanzando profecías lógicas, para si aciertan, sentirse profetas divinos.
Pedro se burla de ellos y su risa es una invitación a que se larguen, después sigue gritando, hasta que ninguno vuelve aparecer, y entonces...
—¡Ahora aparece el lobo! —dicen algunos.
—Exacto, aparece el lobo en escena y arremete con todo contra Pedro. Éste empieza a gritar, se desencaja la serenidad de su rostro, sus ojos salen de sus órbitas, se ensucia en sus ropas; ya nadie aparece, ya nadie pone atención. Después la gente se entera de la muerte de éste. Los chismosos quieren estar felices de que recibió el castigo por herir su orgullo, mas esto no lo comentan; sin embargo, su curiosidad y morbo no quedaron satisfechos y empiezan a arremeter contra el difunto, que no les dio gusto a su maldad: que sí corrió y no pudo escapar, que posiblemente estaba dormido cuando lo sorprendió la bestia, y demás chismes. Lo cierto es que Pedro venció a éstos. Los segundos no entran en la competencia y sólo dicen: “No lo pude ayudar, así lo quiso y que Dios lo tenga en su reino”. Los otros quisieran que se pudriera en los infiernos.
—Mira, y tú que decías que “¿Cómo nos ibas alcanzar?” y ya nos estás rebasando —comentó R.
Dentro de este diálogo, tomé mi bebida como algo nuevo, pues ya tenía tres días que no había probado bocado o gustado de algo. Es agradable y sublime gozar algo sin la terrible necesidad.
Continuamos platicando, sobre la inmortalidad del grillo, de cómo orina el sapo, quimeras del acontecer cotidiano, chistes de diferente nivel, unos muy inocentes, otros muy ingeniosos, otros estúpidos (que nos causaban risa por el ingenio entre líneas), sobre las instituciones y sus injusticias, de los héroes o mártires que permanecerán en el anonimato, de los reformadores que en su mayoría son sólo recopiladores de una multitud de reformadores, y así también los filósofos que son simples voceros de sus compañeros, de su sociedad con la cual conviven desde su infancia y por eso comentamos que es difícil decir cuánto por ciento de originalidad le corresponde, por más subjetivista e individualista que se predique; continuamos diciendo disparates y una que otra cosa acertada, disfrutando como quien lee un libro. Pedimos la cuenta al mesero, hacemos la respectiva cooperación, y como habíamos llegado, nos retiramos.
Al llegar a casa, Blanca prepara su cena y yo paso a bañarme; al salir paso a la recámara. Blanca tiene puesta su bata y pasa a bañarse. Al salir del cuarto me da un golpecito en la mejilla con su mano, me fascinan sus detalles.
Me encuentro en la cama ya con mi pijama y continúo mi lectura.
Después de un momento de lectura, entra ella a la recámara, entra con una sutil sonrisa seductora. No presté más atención, y seguí con mi lectura. En eso, se sube en mi vientre, toma mi libro, lo pone en el buró.
Era un gigante sobre mí, algo monumental, me encontraba indefenso, a su merced, me atacaba con su risa y yo me defendía de la misma manera.
Buscaba escaparme; pero, tenía ella la ventaja sobre mí, conocía mi debilidad, era una presa segura, sin escapatoria. Ésa, la presa correcta para la cazadora correcta, si hubiera sido otra persona, hubiera escapado; pero, no era así, jugaba con su víctima. Me hacía sufrir de placer, eran torrentes que no podía asimilar lo cual aumentaba mi desesperación al no poder contener ese caudal.
Empieza a besarme, no muestro mucho interés, como indiferente, por dentro yo temblaba, era terriblemente apasionante. Ella lo sabía. Si supiera cómo defenderme pues, para mí ella es un misterio, alguien inagotable.
Cada momento juntos era una nueva experiencia, yo para ella era algo transparente, podía ver a través de mí. Empecé a acariciar su pelo con suavidad, sabíamos que era el comienzo de una tormenta o de un diluvio.
Se acercó con sus sonidos suaves en mis oídos, en donde una palabra habría espantado todos los supuestos. Con su actuar hace que mis sentidos sean más sensibles y descubro el aroma de su pelo, el exquisito sabor de su piel, su calor. Con mis manos recorría las partes de su cuerpo que no alcanzaba a cubrir con el mío. Me embriagaba de gozo; ella lo sabía y me deba torrentes; pero, no una totalidad.
Era curioso. Parecía que se entregaba toda, no era así. Cuidaba siempre de mí, no por egoísmo, sino porque me quiere; es más, me ama, yo la quiero y me gustaría decir que la amo.
Era horrible, espantoso. Una pesadilla me acaba de despertar, lleno de angustia en mi dormir, mi rostro suda grandes y espesas gotas, el aire lo siento sofocante, por más que trato de respirar más rápido el aire no me llena, siento que estoy destruido, acabado, imposibilitado para existir.
No recuerdo todos los detalles de la pesadilla que turbó mi sueño, de lo poco que logro recordar es que luchaba por hacer algo, ya fuera una casa, ya un escrito. Todo de mis manos se esfumaba, como arena o agua que se escapa sin poder detener algo. Trataba de abrazar a una mujer con un amor enorme; pero, al momento de poner mis brazos sobre ella, y antes de sentir su cuerpo y calor se convertía en ceniza. Había en mí una inquietud de mostrar algo a los demás; pero, al hacerlo todo se destruía, me sentía como el rey Midas que su avaricia fue la causa de su muerte. Para mí, mi trascendencia era mi muerte, porque al tratar de hacer algo que dejara todo, al dar yo la vuelta se desplomaba.
Vi a quienes crecían como árboles que daban frutos y luego también estos frutos crecían y se morían. En realidad, nacían y morían sin llegar a tener otro cambio, simplemente no pensaban.
Vi otro tipo de gente, más bien personas, que como yo trataban de hacer algo y también a ellos se les desplomaba todo lo que hacían, a unos más pronto que a otros; sin embargo, lo que me llenó de miedo es que todos también se convertían en cenizas.
Ellos así como sus obras se desplomaban, aunque algunas veces las obras de los desaparecidos alcanzaban a ser rescatadas por otros que llegaban y así duraban más; sin embargo, también había otros que destruían y construían sobre las ruinas, y otros nada más destruían. Siempre todo se llenaba de un color gris, lo cual era el claro anuncio del final, todos y todo acababa de la misma manera.
En un momento lo que era azul se hizo gris, el verde de las plantas, los mil colores de las flores y en todo sin excepción cayó sin clemencia el color gris. Miré entonces a mis pies y vi que en mis extremidades también se escapaba su color y sólo quedaba un gris de ausencia. Esto avanzaba de manera rápida en todo mi cuerpo, fue entonces cuando desperté.
Seguí mirando a mi alrededor y todo parecía una burbuja de jabón que en cualquier momento podría reventar. La angustia me invadió de forma tan fuerte, me levante y subí al techo, empiezo a caminar, veo la Luna llena como ilumina todo, y todo tiene ese horrible color gris; tropiezo. ¡Ha reventado la burbuja!... No es así, sólo es una caída, he caído en mi casa y yo sobre ella, siento el dolor en mis manos, por la caída, y también en todo mi cuerpo, no me muevo, siento que lo que me rodea es tan firme que no quiero moverme.
Empiezo a llorar, todavía tengo una oportunidad, no sé cual sea esa oportunidad, la tengo.
Llega Blanca y se sienta a un lado y me consuela con su mano en mi cabeza, me levanto, me toma por la cintura, yo me apoyo con mi brazo en sus hombros y siento fresco su pelo con una firmeza que en este momento es un apoyo. Pasamos a continuar nuestro dormir...
Ellos así como sus obras se desplomaban, aunque algunas veces las obras de los desaparecidos alcanzaban a ser rescatadas por otros que llegaban y así duraban más; sin embargo, también había otros que destruían y construían sobre las ruinas, y otros nada más destruían. Siempre todo se llenaba de un color gris, lo cual era el claro anuncio del final, todos y todo acababa de la misma manera.
En un momento lo que era azul se hizo gris, el verde de las plantas, los mil colores de las flores y en todo sin excepción cayó sin clemencia el color gris. Miré entonces a mis pies y vi que en mis extremidades también se escapaba su color y sólo quedaba un gris de ausencia. Esto avanzaba de manera rápida en todo mi cuerpo, fue entonces cuando desperté.
Seguí mirando a mi alrededor y todo parecía una burbuja de jabón que en cualquier momento podría reventar. La angustia me invadió de forma tan fuerte, me levante y subí al techo, empiezo a caminar, veo la Luna llena como ilumina todo, y todo tiene ese horrible color gris; tropiezo. ¡Ha reventado la burbuja!... No es así, sólo es una caída, he caído en mi casa y yo sobre ella, siento el dolor en mis manos, por la caída, y también en todo mi cuerpo, no me muevo, siento que lo que me rodea es tan firme que no quiero moverme.
Empiezo a llorar, todavía tengo una oportunidad, no sé cual sea esa oportunidad, la tengo.
Llega Blanca y se sienta a un lado y me consuela con su mano en mi cabeza, me levanto, me toma por la cintura, yo me apoyo con mi brazo en sus hombros y siento fresco su pelo con una firmeza que en este momento es un apoyo. Pasamos a continuar nuestro dormir...
Hoy es día de descanso para ambos, todavía estamos acostados aunque despiertos, empiezo a jalarle los dedos de la mano, ella hace una pequeña queja pidiendo otro momento de tranquilidad. Yo continuo con el mismo juego; entonces, recibo un almohadazo. Me pongo de pie. Ahora finge que está durmiendo con ronquidos. Yo la empiezo a mover con suavidad.
—Ya es hora de levantarse —le susurro al oído.
—Mmm, ¿qué pasa?. ¿Por qué me despertaste?
—Es que eres sonámbula.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué?
—Porque ésta es tu almohada.
Y le lanzo la almohada y corro a la sala. Sale ella armada con las otras almohadas, las lanza, me cubro con los cojines del sillón y otros los lanzo; en eso, toma vuelo y brinca sobre mí, al caer me abraza y pregunta si la voy a dejar dormir. Dije que sí, se vuelve al cuarto, me levanto y voy al mismo lugar. Ella está en la cama y le pregunto:
—¿Ya te dormiste?
—Sí.
—¿Por qué me contestas?
—Porque estoy hablando dormida.
Soltamos la risa, nos arreglamos, hacemos deporte y demás cosas.
Es tarde y vamos a la plaza comercial, vemos una película y pasamos a un restaurante para que ella cene. Yo pido una limonada.
Una jovencita se acerca a una pareja que está cerca de donde nos encontramos y quedo sorprendido cuando les dice papá y mamá; luego pregunta dónde está su hermano y le contestan que en un momento regresa; al llegar éste, mi sorpresa pasa al nivel de escándalo: es mayor que la muchacha.
Al mirar el rostro de aquellos padres de familia no pude salir de mi asombro: eran rostros jóvenes, como el de Blanca y el mío, sólo que con algunas facciones sobrepuestas para representar un papel que todavía no les correspondía, era un antifaz que ocultaba la juventud luchadora y libre.
Luego, trataban de presentar una madurez conservadora y reservada, mas estos aspectos en vez de mezclarse sólo se conjugaban y hacían de ellos una burla, algo grosero, y sin saberlo repetían el mismo papel de sus padres, y más que un papel era la misma máscara que ya habían usado todos sus parientes que les precedieron...
Blanca me hace volver:
—¿Qué te pasa? Andas como en las nubes.
—No, perdona, me distraje.
—¿Qué no te importo? (Lo decía sabiendo antes que yo, lo que yo diría, y como en un diálogo preelaborado ya tenía la respuesta).
—En cada momento me importas.
—Y tú, ¿qué tanto te importas?
—¿Yo?
—Sí, ¿qué importancia tienes para ti mismo?
Fuimos invitados a una fiesta de quince años. Saludamos a la quinceañera, a su mamá C. y su papá A.:
—Hiciste la fiesta para lucirte.
—Tú sabes que no, esto se hace con amor, si no, no sirve de nada.
Seguimos a los padres de la joven que nos colocaron en una mesa, y la frase de A. seguía haciendo eco en mi mente.
En la fiesta, miro alrededor y descubro rostros conocidos. Todos andan arreglados, transformados, sólo en las ropas. Si fuéramos como Blanca, siempre es hermosa porque tanto lo exterior como lo interior se funde en un todo; lo que hay en su interior es ese algo que la hace grande, majestuosa. Es un gozo sin fin.
Al despertar la mirada y al volver a mi alrededor, vi nuevamente esos rostros jóvenes con máscaras, todos sin excepción. Yo sentía esa máscara en mi piel. Lo único que rompía con aquel purgatorio, infierno, burla y mofa, de toda aquella vacuidad, era ella, sólo ella hablaba de lo que no podía contener, nuestros rostros nos traicionaban, el de ella la exaltaba.
Fui al baño, sentí asco, no era el devolver el estómago, sino toda mi existencia, todo mi pasado, a excepción de todo lo que tuviera relación directa con Blanca. Me lavo las manos y observo mi rostro en el espejo, no es el rostro hermoso que cautiva, sino la Medusa que vuelve en piedra, fría y cruel.
Regreso consternado hasta que veo ese rostro y esa paz. Ella era la única persona que no estaba estigmatizada, como los demás, el rostro de ella era vivo, resplandeciente, y era de notar que la satisfacción era algo que poseía casi en plenitud, y dijo “casi” porque en este momento revelador, descubro lo que me era oculto, ella me está esperando; ella había sabido entregarse, porque era ella.
Yo no había sido capaz de donarme, como víctima que es bendecida con algo sagrado y me conformaba con la quimera que, después, me dejaba. Me hice ilusiones pensando que permanecería conmigo para los días que tuviera de vida.
Pero, no. Ésta era mi oportunidad de ser alguien en ella y ella en mí: un comunicarnos en todo. Siento la necesidad de desbordarme, dar de mí, como en caudales que tiempo antes yo recibía sin dar.
Me mira y descubre la transformación. Me levanto y la invito a bailar; acepta, cada paso era de los dos, era como si cada movimiento hubiera sido ensayado hasta una perfección. Sin ser un espectáculo, nosotros nos enteramos de esto, bailamos haciendo una obra bella, ya abrazados o separados.
Nos retiramos. Todavía queda tiempo a esta fiesta. Y en nosotros empieza la realización de algo más allá de lo cotidiano.
Está sentada otra vez en mi vientre, empieza acariciar mi pecho. Sonreímos, pongo mis manos en su nuca, juega con su pelo; contemplo, no como una fotografía, en un solo plano, sino que la miro por todos lados, la cama y el aire.
Yo siento los mismos sentidos penetrantes de ella, es más que eso, los dos estamos transparentes y visibles en un todo, es un sentir en conjunto, un todo.
Soy capaz de ver al mismo tiempo su pelo, su espalda, su abdomen, sus ojos, sus manos, sus pies; de oler todo su cuerpo, tocarlo y besarlo a la vez; no es ya la lucha y victoria de la cazadora sobre la presa, sino la fusión de ambos en este lecho.
Aquí en este momento, los sentidos no necesitan de las palabras; siento su corazón en mi pecho, su sangre en mis venas. Todo cuanto había deseado decirle ya se encontraba en su mente.
Es un comunicarnos todo sin ninguna barrera, conozco cada uno de sus cabellos y los distingo uno de otro. Ante tal fusión y unión nuestros cuerpos ceden a la fatiga de un esfuerzo físico y total.
Quedamos tendidos el uno sobre el otro...
Me mira de frente a los ojos, ella tiene sus extremidades clavadas en la tierra, es como un árbol que está enraizado en el sitio del cual depende.
Yo diario como de los frutos que ella tiene, no estoy anclado a esa tierra; pero, por más que me retiro tengo que volver con ella, esa necesidad siempre me hace volver, no estoy anclado; pero, sí encadenado a una necesidad.
Me acerco nuevamente a tomar de sus frutos y empiezo a platicar:
—¿Qué se siente estar anclada?
—Creo que lo mismo que una libertad a medias.
—Acompáñame, despréndete, aliméntame.
—Llévame, entrégate, siémbrame.
—¿En dónde?
—En ti.
Empezó a sacar las raíces y las inserta en mí, la savia de mí en ella y de ella en mí; entonces, ya no necesito del alimento y ella no necesita de esa tierra, en un capullo nos convertimos, y luego en mariposa que emprende su vuelo hacía un infinito de belleza, luz, entendimiento... la amo.
Todo es casi igual, sólo que descubro haber entrado a un mundo paralelo al que tenía ayer en la mañana, todo es hermoso: el ropero, el escritorio donde trabajo, y aunque dormí poco, en el instante que me desperté he descubierto un descanso total, algo que nunca gusté.
Blanca me ayudó, yo no era capaz de entender y disfrutar ese algo místico, maravilloso y mágico, pues o no quería salir de mi capullo, y ella desde hacía tiempo había emprendido el vuelo, yo era una carga.
Ella empieza a despertar y al abrir sus ojos descubro un brillo, brillo de mis ojos en aquellos, y la miré con parte de su mirar:
—Buenos días, Blanca.
—Buenos días.
—Blanca, nos hemos transformado en alguien que nunca imaginé, nuestros cuerpos son una manifestación de nuestra experiencia y nos hemos colocado en el mundo para brillar, aunque sabemos que no tendremos nunca jamás necesidad dé; sin embargo, viviremos aquí, para bien del universo y del nuestro, sé que veo en ti y oyes en mí, respiro en ti, y de la misma manera tú en mí.
Me miró simplemente a los ojos, y con una aprobación de mis palabras sonrió.
—Ya es hora de levantarse —le susurro al oído.
—Mmm, ¿qué pasa?. ¿Por qué me despertaste?
—Es que eres sonámbula.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué?
—Porque ésta es tu almohada.
Y le lanzo la almohada y corro a la sala. Sale ella armada con las otras almohadas, las lanza, me cubro con los cojines del sillón y otros los lanzo; en eso, toma vuelo y brinca sobre mí, al caer me abraza y pregunta si la voy a dejar dormir. Dije que sí, se vuelve al cuarto, me levanto y voy al mismo lugar. Ella está en la cama y le pregunto:
—¿Ya te dormiste?
—Sí.
—¿Por qué me contestas?
—Porque estoy hablando dormida.
Soltamos la risa, nos arreglamos, hacemos deporte y demás cosas.
Es tarde y vamos a la plaza comercial, vemos una película y pasamos a un restaurante para que ella cene. Yo pido una limonada.
Una jovencita se acerca a una pareja que está cerca de donde nos encontramos y quedo sorprendido cuando les dice papá y mamá; luego pregunta dónde está su hermano y le contestan que en un momento regresa; al llegar éste, mi sorpresa pasa al nivel de escándalo: es mayor que la muchacha.
Al mirar el rostro de aquellos padres de familia no pude salir de mi asombro: eran rostros jóvenes, como el de Blanca y el mío, sólo que con algunas facciones sobrepuestas para representar un papel que todavía no les correspondía, era un antifaz que ocultaba la juventud luchadora y libre.
Luego, trataban de presentar una madurez conservadora y reservada, mas estos aspectos en vez de mezclarse sólo se conjugaban y hacían de ellos una burla, algo grosero, y sin saberlo repetían el mismo papel de sus padres, y más que un papel era la misma máscara que ya habían usado todos sus parientes que les precedieron...
Blanca me hace volver:
—¿Qué te pasa? Andas como en las nubes.
—No, perdona, me distraje.
—¿Qué no te importo? (Lo decía sabiendo antes que yo, lo que yo diría, y como en un diálogo preelaborado ya tenía la respuesta).
—En cada momento me importas.
—Y tú, ¿qué tanto te importas?
—¿Yo?
—Sí, ¿qué importancia tienes para ti mismo?
Fuimos invitados a una fiesta de quince años. Saludamos a la quinceañera, a su mamá C. y su papá A.:
—Hiciste la fiesta para lucirte.
—Tú sabes que no, esto se hace con amor, si no, no sirve de nada.
Seguimos a los padres de la joven que nos colocaron en una mesa, y la frase de A. seguía haciendo eco en mi mente.
En la fiesta, miro alrededor y descubro rostros conocidos. Todos andan arreglados, transformados, sólo en las ropas. Si fuéramos como Blanca, siempre es hermosa porque tanto lo exterior como lo interior se funde en un todo; lo que hay en su interior es ese algo que la hace grande, majestuosa. Es un gozo sin fin.
Al despertar la mirada y al volver a mi alrededor, vi nuevamente esos rostros jóvenes con máscaras, todos sin excepción. Yo sentía esa máscara en mi piel. Lo único que rompía con aquel purgatorio, infierno, burla y mofa, de toda aquella vacuidad, era ella, sólo ella hablaba de lo que no podía contener, nuestros rostros nos traicionaban, el de ella la exaltaba.
Fui al baño, sentí asco, no era el devolver el estómago, sino toda mi existencia, todo mi pasado, a excepción de todo lo que tuviera relación directa con Blanca. Me lavo las manos y observo mi rostro en el espejo, no es el rostro hermoso que cautiva, sino la Medusa que vuelve en piedra, fría y cruel.
Regreso consternado hasta que veo ese rostro y esa paz. Ella era la única persona que no estaba estigmatizada, como los demás, el rostro de ella era vivo, resplandeciente, y era de notar que la satisfacción era algo que poseía casi en plenitud, y dijo “casi” porque en este momento revelador, descubro lo que me era oculto, ella me está esperando; ella había sabido entregarse, porque era ella.
Yo no había sido capaz de donarme, como víctima que es bendecida con algo sagrado y me conformaba con la quimera que, después, me dejaba. Me hice ilusiones pensando que permanecería conmigo para los días que tuviera de vida.
Pero, no. Ésta era mi oportunidad de ser alguien en ella y ella en mí: un comunicarnos en todo. Siento la necesidad de desbordarme, dar de mí, como en caudales que tiempo antes yo recibía sin dar.
Me mira y descubre la transformación. Me levanto y la invito a bailar; acepta, cada paso era de los dos, era como si cada movimiento hubiera sido ensayado hasta una perfección. Sin ser un espectáculo, nosotros nos enteramos de esto, bailamos haciendo una obra bella, ya abrazados o separados.
Nos retiramos. Todavía queda tiempo a esta fiesta. Y en nosotros empieza la realización de algo más allá de lo cotidiano.
Está sentada otra vez en mi vientre, empieza acariciar mi pecho. Sonreímos, pongo mis manos en su nuca, juega con su pelo; contemplo, no como una fotografía, en un solo plano, sino que la miro por todos lados, la cama y el aire.
Yo siento los mismos sentidos penetrantes de ella, es más que eso, los dos estamos transparentes y visibles en un todo, es un sentir en conjunto, un todo.
Soy capaz de ver al mismo tiempo su pelo, su espalda, su abdomen, sus ojos, sus manos, sus pies; de oler todo su cuerpo, tocarlo y besarlo a la vez; no es ya la lucha y victoria de la cazadora sobre la presa, sino la fusión de ambos en este lecho.
Aquí en este momento, los sentidos no necesitan de las palabras; siento su corazón en mi pecho, su sangre en mis venas. Todo cuanto había deseado decirle ya se encontraba en su mente.
Es un comunicarnos todo sin ninguna barrera, conozco cada uno de sus cabellos y los distingo uno de otro. Ante tal fusión y unión nuestros cuerpos ceden a la fatiga de un esfuerzo físico y total.
Quedamos tendidos el uno sobre el otro...
Me mira de frente a los ojos, ella tiene sus extremidades clavadas en la tierra, es como un árbol que está enraizado en el sitio del cual depende.
Yo diario como de los frutos que ella tiene, no estoy anclado a esa tierra; pero, por más que me retiro tengo que volver con ella, esa necesidad siempre me hace volver, no estoy anclado; pero, sí encadenado a una necesidad.
Me acerco nuevamente a tomar de sus frutos y empiezo a platicar:
—¿Qué se siente estar anclada?
—Creo que lo mismo que una libertad a medias.
—Acompáñame, despréndete, aliméntame.
—Llévame, entrégate, siémbrame.
—¿En dónde?
—En ti.
Empezó a sacar las raíces y las inserta en mí, la savia de mí en ella y de ella en mí; entonces, ya no necesito del alimento y ella no necesita de esa tierra, en un capullo nos convertimos, y luego en mariposa que emprende su vuelo hacía un infinito de belleza, luz, entendimiento... la amo.
Todo es casi igual, sólo que descubro haber entrado a un mundo paralelo al que tenía ayer en la mañana, todo es hermoso: el ropero, el escritorio donde trabajo, y aunque dormí poco, en el instante que me desperté he descubierto un descanso total, algo que nunca gusté.
Blanca me ayudó, yo no era capaz de entender y disfrutar ese algo místico, maravilloso y mágico, pues o no quería salir de mi capullo, y ella desde hacía tiempo había emprendido el vuelo, yo era una carga.
Ella empieza a despertar y al abrir sus ojos descubro un brillo, brillo de mis ojos en aquellos, y la miré con parte de su mirar:
—Buenos días, Blanca.
—Buenos días.
—Blanca, nos hemos transformado en alguien que nunca imaginé, nuestros cuerpos son una manifestación de nuestra experiencia y nos hemos colocado en el mundo para brillar, aunque sabemos que no tendremos nunca jamás necesidad dé; sin embargo, viviremos aquí, para bien del universo y del nuestro, sé que veo en ti y oyes en mí, respiro en ti, y de la misma manera tú en mí.
Me miró simplemente a los ojos, y con una aprobación de mis palabras sonrió.